
A mysterious train appears in the forest to take passengers into the unknown.
El tren apareció una noche en el bosque. Nadie lo esperaba. Los árboles estaban quietos. La luna estaba alta. Un sonido de metal y humo rompió el silencio. Luz roja y verde brilló entre los pinos. El tren no tenía destino en el frente. Solo una palabra: Viaje.
María caminaba con su perro. Ella vive cerca del bosque. Ella oyó el ruido y se acercó. Vio la estación. No era una estación real. Era solo un andén viejo y una placa rota. Había personas en el andén. Todas con cara asustada. Algunos tenían maletas pequeñas. Otros estaban sin sombrero. Nadie hablaba mucho.
Un hombre alto con un abrigo negro salió del tren. No tenía nombre. Su cara no se movía. Su voz era baja. Dijo: Suban. El tren va al final del mapa. La gente miró. Nadie sabía qué decir. La noche era fría. El abuelo del pueblo dijo: No confío. Pero la hija del panadero dijo: Si vamos, volvemos con oro. El hombre del abrigo sonrió sin mostrar los dientes.
María sintió miedo. Pero también curiosidad. Su perro tembló. Ella pensó: Solo miro. Si algo está mal, me voy. Subió al vagón. Dentro, las luces eran cálidas. Los asientos eran de terciopelo viejo. Un reloj en la pared marcó la medianoche. La puerta cerró con un sonido seco.
El tren comenzó a andar. No se oyó una locomotora normal. El vagón parecía flotar. Las ventanas mostraban árboles que pasaban muy rápido. Pero los árboles no eran los mismos. Algunos tenían ojos. Otros tenían puertas pequeñas. María cerró los ojos. Sintió que el aire cambiaba. Olía a tierra mojada y a cosas viejas.
Una voz por el altavoz dijo: Próxima parada: La memoria. Nadie entendió. Una mujer gritó: ¿Qué es la memoria? Un niño lloró. El hombre del abrigo caminó por el pasillo. Tocó hombros. Nadie pudo ver su cara bien. Había algo en sus manos. Algo que brillaba como una llave.
El tren paró en un lugar que no era un pueblo. Era un andén con fotos colgadas. Las fotos eran de personas que estaban en el tren. Sus nombres estaban debajo. El abuelo vio su foto. Su boca se abrió. ¡Eso no es posible! dijo. La foto mostraba al abuelo con otra edad y con una herida en la frente. La herida no existía. La gente empezó a gritar.
María corrió al hombre del abrigo. Quería respuestas. El hombre dijo: Cada viaje pide un recuerdo. Cada recuerdo tiene precio. María preguntó: ¿Qué precio? Él dijo: Olvidarás algo. O perderás algo. María sintió que su mano se enfriaba. Su perro dejó de moverse.
En un vagón cercano, la hija del panadero encontró una caja. Dentro había monedas antiguas y una llave. Ella sonrió. De pronto, la sonrisa se volvió pálida. La caja tenía un papel: Cambio: un año menos con tu madre. Ella miró la foto en su cartera. Su madre se quedó sola en casa. La caja cerró su voz. Ella no dijo nada.
El tren siguió. Pasó por túneles de espejo. Cada espejo mostraba un momento de la vida de una persona. El hombre que no hablaba con su hijo vio a su hijo crecer y matar la tristeza. El niño que había llorado vio a su madre decir adiós. Muchas personas querían bajarse. La puerta no abría.
María habló con otros pasajeros. Había un hombre que era maestro. Una enfermera que tenía miedo de la noche. Un joven con manos heridas. Todos tenían historias. Todos tenían recuerdos. Todos sentían que el tren conocía sus secretos.
Una noche, la enfermera escuchó un ruido en el pasillo. Alguien caminaba sin botas. No había huellas. La enfermera abrió la puerta. Vio un vagón vacío con camas. En la cama había una carta. La carta decía: Si bajas aquí, no vuelves. Ella tapó la carta y volvió a su asiento. No contó a nadie.
El joven de las manos heridas se levantó. Dijo: No puedo más. Voy a ver la salida. Caminó hacia el final del tren. María lo siguió. En el último vagón, la luz era más fría. Había ventanas que mostraban agua negra. Un reloj sin manecillas colgaba. El hombre del abrigo estaba de pie. Sus ojos eran como carbón.
Él habló: El tren no lleva solo cuerpos. Lleva decisiones. Algunos buscan olvido. Otros buscan oro. Pero siempre pedimos algo. El joven dijo: ¿Qué quieres? El hombre sonrió y abrió la mano. En su palma había una pequeña cajita. Dentro había una llave y una nota: La salida está en la estación que nunca fue. Abre con la llave. Paga con lo que más quieres.
María pensó en su perro. Pensó en su casa. Pensó en su nombre. Ella no sabía qué pagar. Entonces la llave brilló por un segundo. El joven tomó la caja y la lanzó al suelo. La caja se rompió. De la caja salió humo y una sombra. La sombra fue al andén y tocó la foto del abuelo. La foto se quemó.
Gritos. La gente corrió. Las luces parpadearon. El tren frenó fuerte. Las puertas se abrieron por fin. Afuera el bosque era diferente. Un frío verde y vivo salía del suelo. La estación no tenía gente. Solo un camino de tierra y una señal rota que decía: Fin.
María salió con su perro. Miró hacia atrás. El tren seguía allí, con su humo. El hombre del abrigo estaba en la puerta. Levantó la mano y dijo: Recuerden, siempre hay otro viaje. Luego el tren arrancó y desapareció entre los árboles, como si el bosque lo hubiera tragado.
La gente volvió al pueblo. Algunos cambiaron su voz. Otros cambiaron sus ojos. Nadie contó todo. María puso su mano en el bolsillo. Encontró un papel. En el papel estaba escrita una palabra: Olvido. Ella acarició a su perro y guardó el papel. Esa noche no durmió. Escuchó el viento. Pensó que el tren podía volver. Y en algún lugar, en el silencio del bosque, una vía nueva se estaba formando.




